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En este mes de Octubre 2000, LA MOVIOLA cumple dos años y lo celebra con una reconstrucción total del sitio.  Este boletín cuenta ahora con un buzón de comentarios, accesible desde cualquier página, para que puedan compartir de manera directa su opinión con todos.  También se está implementando el archivo de discusiones de grupo que complementarán algunas de las ediciones.  Ya pueden revisar la discusión sobre EYES WIDE SHUT de Stanley Kubrick, generada por LA MOVIOLA #12 (Octubre 1999), además de una excelente reseña (inédita) de la misma, escrita por Anna Cristina Severeid.

A manera de festejo, en esta ocasión me permito citar a uno de mis cinecríticos favoritos, Leonardo García Tsao, con un escrito que define casi a la perfección, la pasión que da origen a este boletín.  Espero que más de uno se identifique con este artículo de 1992.  Provecho.

pepecaudillo / 15·10·00

 

Perfil del cinemaniático por Leonardo García Tsao

Aunque el término cinefilia se refiere etimológicamente a una pasión por el cine, en realidad cualquiera con cierta afición al cine puede considerarse un cinéfilo. (Por ejemplo, comprar cada año el abono de la Muestra ya es suficiente, según algunas personas, para inscribirse en la cinefilia... aunque sólo vean una media docena de títulos salteados.)  Por ello, una auténtica y excesiva pasión por el cine se califica como cinemanía.  He aquí varias de sus características principales:

El cinemaniático no se cansa de ver películas.  Puede ver las quince horas de HEIMAT y todavía tener ganas de algo trivial –DURO DE MATAR I y II, digamos- para el desempance.  Dada su resistencia física y mental, es materia prima de festivales y de maratones en las cinematecas.  Porque además, el cinemaniático no discrimina: la cinta puede ser muda, virada a sepia, en tercera dimensión, en súper 8, mexicana, tailandesa, animada, documental... no importa, con tal que sea susceptible de ser proyectada.

El cinemaniático lamenta la desaparición de cines como el Estadio, el Gloria, el Cosmos... templos donde en los buenos tiempos se podían ver funciones de tres películas por tres pesos.  Y deplora su sustitución por Nacocinemas, cinco salitas decoradas con mal gusto donde antes había una sola.

El cinemaniático nunca llega tarde al inicio de una proyección.  Si se pierde un par de fotogramas de la secuencia de créditos, prefiere no seguir viendo la película porque supone ha perdido algo importante.  Por ello, procura llegar con quince minutos de anticipo, por lo menos, a las proyecciones.  Es fácil identificarlo: es el que se sienta hasta adelante y no hace nada más que observar expectante la pantalla vacía, hasta que comience la función.

Por lo mismo, el cinemaniático nunca abandona una sala de cine, ni por razones fisiológicas –prefiere arriesgar una peritonitis que correr al baño- ni porque se trate del churro más ofensivo de la historia –una especie de morbo riguroso lo anima a seguir comprobando qué tan bajo puede caer un producto-.  Igualmente, el cinemaniático se queda a ver el último crédito –si acaso el cácaro lo permite- y no estará satisfecho hasta comprobar el año de producción y el logo del sistema de sonido empleado (”Dolby Stereo in Selected Tetares”), que probablemente no habrá escuchado si el cine se encuentra en territorio nacional.

El cinemaniático gusta de documentar su manía.  Por lo tanto, empieza por hacer listas del material visto (por mes, por año, por década); luego procede a calificar sus películas, directores y actores favoritos; el paso siguiente es la recopilación de fichas técnicas, para lo cual ya se ha emboletado a comprar cuanta publicación especializada encuentre.  El proceso culmina cuando el cinemaniático escribe la Historia Documental del Cine Mexicano.

El cinemaniático odia que otros espectadores hablen a su alrededor, o hagan ruido cuando coman palomitas y pistaches.  Por eso se sienta hasta adelante, donde no haya nadie, y de preferencia asistirá a las últimas funciones en lunes, martes y jueves, los días de menor concurrencia.  Sólo bajo amenazas, el cinemaniático irá al cine el domingo por la tarde.

El cinemaniático no se conforma con agotar la cartelera (cosa fácil, ahora que en el D.F. hay un promedio de ocho películas en exhibición).  Su afán de absoluto lo lleva a intentar verlo todo, y para eso recorre videoclubes de cualquier índole –legales y piratas- en busca de rarezas.  Y como pronto se da cuenta que es imposible abarcar la totalidad, decide especializarse en  alguna categoría: un género, un cineasta, un tema o un período, mientras más oscuro mejor.  Así surgen expertos en, digamos, el cine de karatecas mancos filmado en Taiwán de 1971 a 1989; o en la filmografía de Vassil Gendov, realizador búlgaro del periodo mudo.

La especialización también lleva al cinemaniático a generar cultos, cuyo rito fundamental es la visión repetida del objeto de veneración hasta aprendérselo de memoria. (Ahora que se ha difundido la versión del director de BLADE RUNNER, sin la narración en off, algún cultista debe estar en un dilema porque ya la había memorizado con todo y narración.)

Cabe añadir que la cinemanía es en especial aguda durante la adolescencia.  Es cuando el sujeto tiene la posibilidad de dedicarse de lleno a ver cine y hacer a un lado sus responsabilidades sociales.  Si esa condición persiste a la edad adulta, el cinemaniático entra ya a los terrenos de la sociopatía.  O se dedica a la crítica de cine.

**Tomado del libro El Ojo y la Navaja: Ensayos y Críticas de cine, de Leonardo García Tsao, publicado por Aguilar Crónicas en 1998.

 

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